1.-
Mercedes, tu presencia profesional en el mundo del autismo viene de hace
muchos años. ¿Te importaría contarle al profesional
que acaba de entrar en este mundo, qué ha pasado en nuestro país
los últimos 25 años alrededor del autismo? ¿Cuáles
son los hitos, personas, instituciones y trabajos que han marcado su evolución?
Bueno,
yo creo que quienes empezamos a tomar contacto con el tema del autismo
a mediados de los años 70 haríamos probablemente un relato
muy parecido de lo que ha sido este periodo, ¿no?
Puedo contar la anécdota, por ejemplo, de que en el curso 1975-76
un grupo de compañeros y yo nos propusimos hacer un trabajo sobre
autismo para subir nota (estábamos en 2º de carrera, en
la Complutense), y después de dar muchas vueltas sólo
encontramos cuatro personas que supieran de qué les estábamos
preguntando: Jesusa Pertejo, Ángel Díez Cuervo, Aquilino
Polaino y Carmen Martínez Madrid (en el centro TAURE). Sin embargo,
apenas cinco años después (cuando se celebró el
I Simposium de Terapeutas de Autismo en La Coruña, en 1981),
las cosas eran ya totalmente distintas: sólo en Madrid, se habían
puesto en marcha cuatro nuevas asociaciones de padres (APNA, CEPRI,
Nuevo Horizonte y Magunas) y había una actividad muy especializada
en algunas unidades de Psiquiatría y Neurología infantil
(p.ej., el grupo de Gonzalo Morandé y Marta Peral en Cruz Roja,
Mª Jesús Mardomingo en el Hospital del Niño Jesús,
o Jaime Campos en el Clínico). Además, Ángel Rivière
había montado un seminario permanente de formación sobre
autismo en el 78 (por el que pasó gente como Maribel Morueco,
Hipólito Vega, Juan Martos, Rosa Ventoso y muchos otros profesionales
que siguen trabajando en el tema), y a través de sus clases,
sus conferencias y sus publicaciones fue orientándonos teóricamente
a todos... Yo tuve la inmensa suerte de estar ahí justo en esos
años, de vivir muy de cerca todo eso; por eso, sé también
que, en esos mismos años, en otros sitios, otros compañeros
estaban también cambiando a marchas forzadas las ideas previas
y las condiciones de la atención a las personas con autismo (por
ejemplo, el grupo CAU en Castellón, Joaquín Fuentes en
Gautena o Salvador Repeto en Cádiz).
Al empezar los 80, nosotros estábamos entusiasmados con Lovaas
y con la posibilidad de modificar las conductas de los niños
con autismo. Teníamos todavía grandes debates (algunas
veces, públicos) con los psicoanalistas, y una gran ilusión
por poner en marcha servicios y programas de intervención útiles
para los niños y para sus padres. Pero también teníamos
una conciencia muy clara (que Ángel Rivière estimulaba)
de que sabíamos todavía muy poco, y que teníamos
que estudiar muchísimo para intentar entender el trastorno y
poder fundamentar nuestros programas.
En mi opinión, las demandas técnicas derivadas de la creación
de esos primeros servicios específicos, nuestras propias carencias
de formación y, por supuesto, la necesidad de delimitar con claridad
nuestro estatus técnico y profesional frente a los padres-gestores
de las asociaciones fueron los elementos más característicos
de los primeros 80, y también los que constituyeron el caldo
de cultivo de la creación de AETAPI (en 1983, aprovechando el
II Simposium de Terapeutas que se celebró en Benicasim). Y la
verdad es que, visto en perspectiva, creo que eso fue lo mejor que pudimos
hacer. Porque, sin desmerecer en absoluto la intensa actividad profesional
y de formación que se desarrolló -y se ha seguido desarrollando-
desde otras muchas instancias, creo que AETAPI ha favorecido una calidad
en la relación personal entre los profesionales y unos hábitos
de intercambio de experiencias verdaderamente excepcionales.
Entiendo también que en todo ese proceso y en esa calidad han
sido fundamentales el esfuerzo y el talante de gente como Javier Tamarit
(antes, durante y después de ser presidente de AETAPI), Joaquín
Fuentes, Salvador Repeto, Juana Hernández y otros muchos. En
buena medida, ha sido gracias a ellos que los profesionales y servicios
dedicados al autismo han superado con éxito retos tan importantes
como, por ejemplo, los que se derivaron de la implantación de
la LOGSE, los cambios en la conceptualización del autismo (y
en la propia definición de los objetivos y los métodos
de intervención), la imparable expansión y profesionalización
de los servicios, la transformación de los primeros "niños
autistas" diagnosticados en adolescentes y adultos, los nuevos
planteamientos sobre retraso mental y calidad y... por supuesto, el
esfuerzo personal que supone trabajar en la atención directa
a personas con autismo durante muchos años.
2.- Me temo que para muchos profesionales del autismo la presencia
de éste en la universidad sea desconocida. No se sepa qué
se está haciendo en ella, o, lo que es peor, se crea que apenas
se da formación sobre este campo, o que la que se da no esté
actualizada. ¿Cuánto de razón tienen los que creen
que es así? ¿Qué se está haciendo en nuestra
universidad con respecto al autismo?
Por la
información que tengo, creo que lamentablemente sí es
correcta la impresión de que en las universidades españolas
el autismo tiene aún una presencia que no se corresponde ni con
la excelencia de los profesionales de nuestro país ni con la
sensibilidad social ante este problema. Pero por suerte, hay excepciones.
Por ejemplo, en la UAM (que sirvió de escenario privilegiado
de la docencia de Ángel Rivière), hemos consolidado programas
de formación curricular relacionados con el autismo en el 1º,
2º y 3º ciclo de varias titulaciones, y estamos preparando
una oferta variada de programas extracurriculares. En la Universidad
de Salamanca, Ricardo Canal y su equipo están haciendo también
un esfuerzo extraordinario y organizando una muy interesante oferta
de postgrado. En la Universidad de Málaga se ofrece un título
específico de "Experto en trastornos del desarrollo".
En la de Zaragoza, uno sobre "Intervención psicoeducativa
en alumnos con necesidades especiales".... Además, la U.A.M.,
la Universidad de Murcia, la Universidad de Navarra (y puede que alguna
otra más), combinan acciones formativas sobre autismo con programas
de voluntariado y ofrecen así una vía muy interesante
de apoyo desde la Universidad a las personas afectadas y sus familiares.
Hasta ahora, la formación sobre autismo se ha canalizado más
a través de seminarios y cursos de las propias asociaciones (de
padres y/o profesionales) que de la Universidad como tal. Sin embargo,
yo creo que un objetivo paralelo al de la profesionalización
de los servicios en nuestro país tendría que ser el que
la formación en autismo esté reglada académicamente,
y que se vincule institucionalmente con la docencia y la investigación
universitarias (no sólo con la práctica de la atención
directa). A mi modo de ver, todavía hay mucho camino por recorrer
en ese sentido, pero también que hay que ir con mucha cautela.
Ahora mismo, la normativa universitaria permite el desarrollo de titulaciones
orientadas a cubrir demandas sociales y profesionales muy específicas,
organizadas por varias universidades distintas, o por una combinación
de instituciones universitarias y no universitarias. Pero creo que antes
de empezar a ofertar nuevos títulos, todos (los profesionales,
los universitarios y los padres-gestores) tendríamos que definir
con más claridad los objetivos de formación que creemos
debe cubrir la universidad en los distintos niveles (iniciación
vs especialización, en diplomaturas, licenciaturas, doctorados
y programas de formación continua), y hacer también el
esfuerzo de coordinar mejor las acciones formativas que están
ya en marcha (firmando, por ejemplo, más convenios para que los
estudiantes universitarios hagan prácticas curriculares en los
centros específicos, organizando conjuntamente títulos
propios de calidad, etc.). También, creo que habría que
animar a los profesionales expertos en autismo a entrar en la carrera
docente universitaria aprovechando las nuevas formas de contratación
que ofrece la LOU, organizar actividades dirigidas a los profesores
universitarios que sí hablan ya de autismo en sus clases -aunque
no hayan visto a una persona con autismo en su vida-..., en fin, muchas
cosas.
En los últimos meses, y a iniciativa del Instituto de Salud Carlos
III, profesionales de seis comunidades autónomas (Aragón,
Cataluña, Castilla y León, Madrid, País Vasco y
Valencia) hemos estado trabajando en la redacción de un proyecto
coordinado de investigación que implica también la realización
de una acción formativa dirigida a la iniciación de los
profesionales a la investigación en autismo. Sería una
forma extraordinaria de empezar a coger el toro universitario del autismo
por los cuernos pero... no sé si finalmente podremos hacerlo.
El Ministerio de Sanidad todavía no ha resuelto la convocatoria.
3.-
Aunque parezca mentira, en mi opinión, todavía hoy uno
de los principales problemas que encontramos en el mundo profesional
del autismo es el de la conceptualización del mismo. Se han roto
ya muchos mitos, pero quizás aún quede el mito de que
el autismo es algo muy especial, muy diferente a las enfermedades mentales
y al retraso mental. ¿Qué podrías decirnos sobre
esto? ¿Si las hay, cuáles son las principales similitudes
entre el autismo y estas otras alteraciones psíquicas?
Sí,
comparto totalmente tu impresión de que todavía hay problemas
bastante serios con la conceptualización del autismo. Pero creo
que estos problemas son de muy distinto tipo.
Me parece que, por un lado, los límites de la propia conceptualización
del autismo son ahora, paradójicamente, bastante más borrosos
que hace unos pocos años. Ahora, por ejemplo, cualquier lector
mínimamente curioso puede encontrar varias definiciones y explicaciones
teóricas del autismo (que suelen considerarse como alternativas
mutuamente excluyentes, aunque en realidad no lo sean), pero, en la
medida en que no encuentra una caracterización funcional del
trastorno global o integradora, puede sentirse más desorientado
que antes (cuando, ingenuamente, se ofrecían explicaciones más
unitarias del autismo).
Por otro lado, está, indiscutiblemente, el problema de qué
concepto de autismo es el implícita o explícitamente está
guiando el trabajo de los profesionales. Aunque el acceso a Internet
ha permitido un acceso más fácil a los resultados de la
investigación sobre el autismo y otras condiciones alteradas,
yo no tengo nada claro que esto haya modificado sustancialmente la imagen
que en muchos sectores profesionales se tiene todavía de estos
trastornos (que, por lo que yo conozco, sigue siendo muy parcial y distorsionada,
sobre todo fuera de los centros educativos "específicos").
Por suerte, son ya muy pocos los psicólogos, psicopedagogos y
maestros de nuestro país que considerarían el autismo
como un "trastorno del vínculo" o una "forma temprana
de psicosis" de etiología meramente psicógena (como
aún se mantiene en muchos servicios de Psiquiatría infantil).
Pero, incluso entre los profesionales más informados, creo que
hay todavía muchos profesionales (y, por supuesto, estudiantes)
que siguen creyendo erróneamente que los déficits de las
personas con autismo son específicos y exclusivos de esta condición,
y que en nada se parecen a las que presentan los sujetos cuyos problemas
se categorizan en apartados o ejes distintos del DSM-IV o el CIE-10.
Me preocupa mucho esta situación, porque, entre otras cosas,
confirma el desconocimiento que existe todavía del autismo fuera
de los círculos profesionales más especializados, y la
facilidad con que se confunden las descripciones "clínicas"
de los trastornos y las descripciones "funcionales" (es decir,
en términos de procesos neuro-bio-psicológicos). Pero
no responsabilizo de estas (y otras ideas erróneas) a los profesionales
como tales. Como saben los expertos en educación, los procesos
de cambio conceptual son siempre lentos y muy costosos y necesitan apoyos
externos. Por eso, aunque los profesionales tienen a su alcance información
más que suficiente como para actualizar en aspectos sustantivos
sus teorías implícitas, no es realista pensar que por
sí mismos vayan a modificar estas teorías si no se crean
espacios o acciones formativas expresamente dirigidas a ese objetivo.
En los últimos años, por ejemplo, se han publicado decenas
de trabajos que confirman que las personas con síndrome de Down,
al igual que las personas con trastornos del espectro esquizofrénico,
son también incompetentes en tareas mentalistas. Además,
se han documentado numerosos casos de personas diagnosticadas con síndrome
de Asperger con retrasos muy significativos en el desarrollo del lenguaje
en los primeros 3 y 4 años de su vida, y con capacidad para resolver
correctamente tareas de teorías de la mente de primer y segundo
orden. Pero, ¿ha cambiado eso de algún modo significativo
la imagen que sobre el autismo o sobre el síndrome de Asperger
manejan todavía muchos profesionales de nuestro país?
¿Han desterrado esos datos, por ejemplo, el mito de que en las
personas con síndrome de Down el retraso de las funciones es
"homogéneo", el de que las personas con síndrome
de Asperger poseen una competencia lingüística "extraordinaria",
o el de que en el autismo "lo más importante que falla"
-como dicen los malos alumnos- es la "teoría de la mente"?
A mí me parece que no, en parte porque sobre este tipo de datos
apenas se reflexiona o discute en voz alta. Por eso, me preocuparía
sobremanera que los profesionales del autismo (que hasta ahora han demostrado
una sensibilidad teórica muy superior a la de los profesionales
que trabajan con otros colectivos), pierdan oportunidades para participar
en ese tipo de debates, y acaben diciendo aquello de "¡Que
inventen (o investiguen) ellos!". Porque un profesional desconectado
de la teoría, o sin una conceptualización correcta del
autismo, no puede realizar una práctica de calidad.
4.-
La mejora de los métodos y técnicas de intervención
es el interés principal de la mayor parte de los profesionales
que nos movemos en este mundo del autismo. Por supuesto, muchas de estas
mejoras han sido aportadas por profesionales de atención directa,
pero me temo que pocas de ellas han sido validadas científicamente.
¿Qué importancia le otorgas a esa validación científica
de los métodos y técnicas nuevas? ¿Cómo
crees que se podría realizar en nuestro país? ¿Se
podría lograr interesar a los investigadores universitarios para
que se implicaran en este tipo de tareas?
Bueno,
resulta evidente que la validación científica de los métodos
y técnicas de intervención es una de las condiciones esenciales
que permiten justificar su empleo y, por supuesto, su generalización
y difusión. Pero también resulta obvio que muchas de las
exigencias metodológicas que implica una tal validación
(control de variables, condiciones de la aplicación, recogida
periódica de resultados, etc.) son difícilmente compatibles
con la actividad "directa" de los profesionales en los centros
(que se rige por calendarios y demandas que tienen ritmos más
urgentes).
Yo creo que éste es un ejemplo claro de hasta qué punto
resultan ya ineludibles una colaboración más estrecha
de las instituciones universitarias y no universitarias, y un aprovechamiento
más inteligente de los recursos con que contamos. En nuestro
país (dentro y fuera de la universidad), somos muy del modelo
"Juan Palomo" (el de "yo me lo guiso, y yo me lo como"),
y además tenemos muy poca tradición (y muchas reticencias)
a trabajar en equipos mixtos (universitarios-profesionales). Sin embargo,
desde las propias universidades, cada vez más se alienta el trabajo
en esa dirección.
Los departamentos universitarios pueden (si quieren) proporcionar a
los centros estudiantes de licenciatura o doctorado en prácticas,
para colaborar en procesos de validación metodológica,
bajo la tutela académica de profesores expertos en técnicas
de intervención y tratamientos psicológicos, o de expertos
en metodología y valoración de programas. Por su parte,
los departamentos y centros universitarios (y, por supuesto, los profesores
a título individual) pueden ofrecerse como "consultores
externos" de los centros y profesionales para este tipo de trabajos.
Y, por supuesto, unos y otros, conjuntamente, pueden elaborar proyectos
en esa dirección y solicitar ayudas económicas para llevarlos
a cabo. Aunque las vías de financiación pública
de esta clase de proyectos -en Psicología, al menos- siguen siendo
todavía irritantemente escasas, existen organizaciones privadas
que están apoyando muy activamente iniciativas orientadas a la
mejora -a corto y medio plazo- de las condiciones de vida y los programas
de intervención dirigidos a las personas con autismo y a las
que podríamos dirigirnos. Desde luego, los investigadores universitarios
suelen implicarse encantados en ese tipo de iniciativas. Y, por las
experiencias que hemos tenido en los últimos años en esa
línea, veo que en la práctica, las cosas no resultan tan
difíciles como de entrada parecen .
5.- Ahora Mercedes, te voy a pedir que hagas de futuróloga. Teniendo
en cuenta tus conocimientos actuales, ¿cómo imaginas que
puede ser la evolución, los próximos 25 años, en
el mundo del autismo? ¿Cuáles son los avances que esperas
se logren? ¿Qué les espera a las personas con autismo
que nazcan en un futuro próximo?
¡Uf,
qué difícil! No sé... Tengo la impresión
y la esperanza de que los problemas que ahora mismo más nos preocupan
(p.ej., la posibilidad de ofrecer servicios de calidad adaptados a todas
las personas afectadas durante todas las etapas de su ciclo vital, la
identificación de marcadores tempranos del trastorno y de variables
funcionales de subagrupación realmente útiles para las
investigaciones etiopatogénicas, la mejora de los procedimientos
de identificación diagnóstica, o la comprensión
de las verdaderas bases neuro-bio-psicológicas del trastorno)
dentro de 25 años podrían estar prácticamente resueltos,
porque la ciencia y la tecnología avanzan velocísimamente.
Confío en que las personas con autismo que nazcan entonces tendrán
a su disposición, desde el principio, una sociedad más
sensible a sus diferencias y necesidades, unas redes de servicios mucho
más amplias y eficaces que las actuales (que, en cualquier caso,
son infinitamente mejores que las que había en España
hace 25 años), y unas alternativas de atención y tratamiento
que quizá ahora ni se nos ocurren. Pero, por lo que respecta
a nuestro país, me pueden ahora mismo más las incertidumbres.
Tenemos ahora más recursos materiales y humanos que nunca, en
todos los terrenos (servicios, investigación, docencia), y más
posibilidades para trabajar coordinadamente en red; sin embargo, en
contraste con estos años de atrás, percibo menos claridad
en los objetivos y en las estrategias (de las personas y las organizaciones)
y un cierto desgaste en las ilusiones de muchos de los que llevan (llevamos)
en esto muchos años. Si no logramos un cierto consenso respecto
a cómo gestionar este momento, los próximos años
pueden derivar en una situación muy caótica.
6.- Para finalizar, ¿qué te gustaría decir
a los y las profesionales del autismo que lean esta entrevista?
Los profesionales
han aprendido en sus propias carnes que el autismo representa uno de
los desafíos intelectuales, técnicos y personales más
fuertes. Pero, por suerte, en España hay un colectivo extraordinario
de personas (profesionales, afectados, familiares, y universitarios)
dedicadas al autismo desde hace mucho tiempo, que han acumulado una
experiencia valiosísima sobre los modos y estrategias más
eficaces de afrontar estos desafíos.
Creo que todos los "veteranos" (entre los que incluyo a mucha
gente muy joven) tenemos la obligación moral de intentar transmitir
esos modos y estrategias a quienes se incorporan a este mundillo, para
dar la máxima continuidad posible a los esfuerzos hechos en estos
pasados años. También, creo que deberíamos hacer
un esfuerzo especial para que los nuevos profesionales del autismo no
pierdan el gusto por el conocimiento que aprendimos de Ángel
Rivière, o el gusto por el intercambio periódico de experiencias
y la cordialidad de las relaciones que se ha promovido siempre desde
AETAPI. Tenemos todavía por delante infinidad de problemas por
resolver, y en esos valores compartidos, y en nuestros propios colegas,
es donde mejor podemos encontrar la fuerza y los mejores recursos para
afrontarlos.
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